"Mi padre siempre me dijo que yo era como el principito. Pero después de conocer a Adam... me di cuenta... de que yo sólo era el piloto...."
Hace unos días ví
una película que me tocó la fibra sensible, quizá porque una de las primeras frases que aparecen en ella hace referencia a uno de mis libros favoritos... El Principito.
Si no habéis leído este libro y aprovechando que es el día del libro(valga la redundancia), os lo recomiendo encarecidamente, creo que no me equivoco si os digo que es muy probable que en algún momento de la lectura os sintáis identificados .
Es un relato corto, escrito por Antoine de Saint-Exupéry, que os hará reflexionar con las moralejas y enseñanzas que esconde a cada página.
A mi me encanta leerlo, sobre todo cuando tengo un día un poco más gris y me apetece desconectar del mundo, me hace transportarme a lo más profundo de mi misma y avivar los más tiernos recuerdos de mi infancia.
No quiero desvelaros nada más de El Principito, aunque supongo que la mayoría ya lo habréis leído, sólo deciros que es una lectura muy interesante, y de la cual podemos deducir muchas situaciones reales de la propia vida del autor.
Si lo habéis leído ya, os animo a hacerlo de nuevo, a mi nunca deja de sorprenderme (siempre descubro algo nuevo que no había advertido antes...), pero esta vez para acompañarlo os traigo unos ricos bocados dulces que se han convertido en un clásico en mi casa.
Son pastas de te bañadas con chocolate blanco, mi favorito, y coronadas con polvo de pistacho, una auténtica delicia para acompañar con un café calentito y una agradable lectura como es El Principito.
Son muy sencillas de preparar e ideales para cualquier reunión social que tengamos en casa.
Os dejo la receta y espero que os animéis a probar!
PASTAS CUBIERTAS CON CHOCOLATE BLANCO Y POLVO DE PISTACHO
INGREDIENTES:
220 gr. de mantequilla a punto de pomada
240 gr. de azúcar glass
1 huevo grande
2 cucharaditas de esencia de vainilla
una pizca de sal
380 gr. de harina todo uso
150 gr. de chocolate blanco
un puñado de pistachos
PREPARACIÓN:
Batimos la mantequilla hasta conseguir que nos quede con una textura homogénea y suave, añadimos el azúcar y seguimos batiendo hasta obtener una mezcla fluida y esponjosa, a continuación añadimos el huevo y la vainilla, y continuamos batiendo hasta que esté completamente integrado a la masa.
Por ultimo vamos añadiendo gradualmente la harina con la sal (que previamente habremos tamizado) y, con las manos, la vamos integrando hasta obtener una masa firme, elástica y sin que nos quede pegajosa.
Si nos quedase una masa muy pegajosa, vamos añadiendo gradualmente más harina, hasta que nos quede una masa manejable, con cuidado de no pasarnos, pues se quedaría seca.
Para saber si la masa está en su punto, cortaremos un trocito de masa y haremos una pelota con ella, si no se nos pega en las manos está lista.
Cuando tengamos la masa lista, la dividimos en 4 trozos, la envolvemos en un papel film ( Si tenemos la posibilidad de meter la masa ya estirada en la nevera, mucho mejor, porque así al sacarla nos será más fácil cortarla) y la metemos en la nevera durante al menos 4 horas (esto es para poder manipularla mejor cuando vayamos a cortarla). Si no disponemos de ese tiempo, siempre podemos acelerar el proceso metiendo la masa en el congelador.
Transcurrido este tiempo extendemos la masa sobre nuestra superficie de trabajo siempre enharinada (para que no se nos pegue al estirarla), estiramos con el rodillo hasta dejarlas de un grosor aproximado de 0.5 cm de espesor, y cortamos las galletas con nuestros cortadores con la forma deseada.
Con cuidado vamos levantándolas con una espátula y las pasamos a la bandeja del horno, en la que previamente habremos puesto un papel de hornear, para que después sea más sencillo despegarlas, y así, evitamos también, que se nos manche demasiado la bandeja.
Es recomendable meter la bandeja con las galletas ya cortadas unos 10 minutos en la nevera antes de hornearlas, quedan mucho más lisitas y perfectas al sacarlas del horno si se hornean en frío.
Con el horno precanlentado a 180º, horneamos las galletas durante 8-10 minutos o hasta que estén doraditas.
Cuando estén hechas, las sacamos, las dejamos enfriar en la bandeja del horno y transcurridos 10-15 minutos las transferimos a una rejilla para que enfríen completamente.

Una vez se hayan enfriado completamente podemos proceder a bañarlas con el chocolate.
Antes que nada, colocamos una rejilla con un papel de periódico debajo.
Ponemos el chocolate blanco troceado en un bol y lo metemos en el microondas a baja potencia (650w) durante 2 minutos, en los que iremos comprobando de vez en cuando para evitar que se nos queme el chocolate. Si fundimos el chocolate en el microondas con la máxima potencia, se nos quemará y no nos servirá para nada, ya que se quedará duro y grumoso.
Para este tipo de preparación no uso un chocolate blanco específico, cualquiera nos vale, aunque si es de buena calidad mucho mejor.
Ponemos los pistachos pelados en un mortero y los machacamos, o bien, los aplastamos con un rodillo hasta que nos queden bien machacaditos.
Vamos mojando una a una las galletas en el chocolate blanco, las espolvoreamos con el pistacho y las colocamos sobre la rejilla para dejarlas secar.
El tiempo de secado debe ser de unas 5 horas aproximadamente, aunque a mi me gusta dejarlas toda la noche para que el chocolate se quede bien durito.
Una vez terminadas y secas, las guardamos en una caja de metal y podemos conservarlas durante 10 días sin ningún problema, si es que duran*....